
Durante décadas, Laguna Ojo de Liebre fue presentada al mundo como la gran victoria ambiental de México. Aquí, en este santuario natural de Baja California Sur, la ballena gris encontró refugio tras siglos de persecución. Aquí volvió a parir, a criar y a confiar. Hoy, sin embargo, ese símbolo de esperanza aparece en los titulares por una razón inquietante: las ballenas están llegando con hambre… y muchas están muriendo.
Una investigación publicada este día por Los Angeles Times pone palabras y cifras a lo que pescadores, guías y comunidades locales han observado con angustia creciente: ballenas grises extremadamente delgadas, sin reservas de energía suficientes, incapaces de sostener la reproducción, y en demasiados casos, condenadas a morir.
El drama no nace en Baja California Sur, pero termina aquí. El calentamiento acelerado del Ártico ha colapsado las poblaciones de anfípodos —pequeños crustáceos que son la base alimenticia de la ballena gris—. Sin hielo marino, no hay algas; sin algas, no hay alimento. El resultado es una migración forzada de animales debilitados que llegan a las lagunas mexicanas no a dar vida, sino a resistir.
De acuerdo con una investigación del conocido diario, más de 1,200 ballenas grises han muerto entre 2019 y 2025, la mayoría por inanición. El colapso de su alimento en el Ártico —provocado por el cambio climático y la pérdida de hielo marino— está rompiendo su ciclo migratorio milenario. Llegan a Baja California débiles, flacas y sin energía suficiente para reproducirse.
Laguna Ojo de Liebre, junto con San Ignacio y Guerrero Negro, fue durante años el escenario donde se celebraba la recuperación de la especie. Hoy comienza a parecerse a una sala de cuidados paliativos de la naturaleza. Menos crías, más varamientos, más silencios donde antes había soplos.
La paradoja es brutal:
México presume santuarios balleneros mientras el sistema energético global —incluido el nuestro— sigue alimentando el calentamiento que las mata. La ballena gris no está muriendo por contaminación local ni por caza furtiva. Está muriendo por un modelo económico y energético que se niega a cambiar.
El artículo del Los Angeles Times deja una pregunta incómoda flotando sobre Baja California Sur:
👉 ¿De qué sirve proteger las lagunas si estamos destruyendo el océano del que dependen?
El ecoturismo, orgullo regional y sustento de cientos de familias, también está en riesgo. No hay avistamiento posible sin ballenas sanas. No hay narrativa de conservación creíble si el santuario solo recibe cuerpos exhaustos.
Laguna Ojo de Liebre no necesita más discursos ni reconocimientos internacionales. Necesita que la crisis climática se asuma como una emergencia real, con decisiones que trasciendan la retórica ambiental. Porque si las ballenas grises dejan de regresar, no será el santuario el que falle, sino nosotros.
Y cuando el último soplo se apague en esas aguas tranquilas, quedará claro que la historia de éxito ambiental más emblemática de Baja California Sur terminó no por falta de protección, sino por exceso de indiferencia global.
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