
Caos en el intento
Se habla de “otro México”, no neoliberal, pero se exalta a Santa Claus.
Hasta el gorrito rojo y blanco portan en la cabeza, mostrando su extravío mental.
Por: Armando León Lezama
Con la llegada de AMLO, esperé la recuperación del verdadero sentimiento de mexicanidad.
Imaginé un país reencontrándose con Los Sentimientos de la Nación de José María Morelos y Pavón, ahora dialogando con los nuevos sentimientos del pueblo mexicano del primer cuarto del siglo XXI, en el tercer milenio después de Jesús de Nazaret, según el calendario gregoriano.
Pensé que disminuir la influencia del neoliberalismo iría en el sentido de desterrar la cultura del consumismo.
Por ejemplo: más vitroleras con aguas frescas de frutas naturales y menos de la imperial Coca-Cola. Más tradiciones y costumbres de los pueblos originarios y rurales actuales, incluso de carácter religioso-cultural, pero no —¡jamás!— el fomento al consumismo depredador.
¿Santa Claus? ¿Por qué no solamente los Reyes Magos?
Resulta contradictorio que instituciones morenistas, que se dicen agraviadas por las prácticas neoliberales —donde todo se compra y todo se vende—, sigan consumiendo Coca-Cola y hasta se coloquen el gorrito rojo y blanco, exhibiendo así su extravío mental.
De hecho, morenistas y aliados, en nombre de la llamada “segunda transformación del país”, deberían recordar las Leyes de Reforma, particularmente el principio de la separación Iglesia-Estado. Bajo esa lógica, tendrían que referirse a fiestas decembrinas o de fin de año, no a posadas ni a la Navidad.
Los gobiernos de la supuesta esperanza —sin poner a trabajar la materia gris— siguen una agenda diaria heredada de los supuestos sucesores del poder, tras haber dado carpetazo a la interrumpida Revolución Mexicana de 1910, sepultada simbólicamente con la lápida llamada Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917.
Persisten muchas de las viejas recetas del mal ejercicio de la administración pública y de la toma por asalto de las sucesiones de los poderes públicos y de los municipios.
No son originales ni novedosos; tampoco muestran buena estampa ni piso parejo con quienes buscan el diálogo. No razonan: se dejan llevar por las cúpulas nacionales, repitiendo como eco, sin voz ni pensamiento propio.
Son de membrete.
En fin, dan material suficiente para escribir libros enteros.
Solo algunos —muy pocos— se salvan de la simulación, de la mala intención, de la pose y del simple protagonismo.
Nada que realmente merezca aplauso.
Queda aún un tema por desarrollar: el desapego del catolicismo por parte de los nuevos gobernantes.
Esto afecta profundamente a la unidad nacional. No se puede ignorar una cultura con siglos de arraigo mexicano. AMLO y Claudia S. P. parecen estar en otro canal, ajenos a la herencia católica que ha marcado a generaciones.
Existe una ruptura entre el poder político federal y el pueblo mexicano.
Por eso poco importa que mayorías y minorías se entretengan con el consumismo que mantiene vivo al neoliberalismo.
La Coca-Cola es un ejemplo claro de la pequeñez con la que se enfrenta al neoliberalismo: se le combate en el discurso, pero no en los hechos, ni desde la Presidencia de México, ni desde las gubernaturas, legislaturas o municipios.
Así, mientras al pueblo se le abren las puertas al desorden, quienes hoy detentan el poder disfrutan, como golondrinas, de las mieles pasajeras del poder.
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