
La historia de Exportadora de Sal S.A. de C.V., en Guerrero Negro, Baja California Sur, es la historia de un México que supo combinar la riqueza natural con la eficiencia productiva. Durante décadas, fue un modelo de empresa pública exitosa, ejemplo de estabilidad y motor de desarrollo para una de las regiones más apartadas del país. Sin embargo, hoy esa misma empresa —la salinera más grande del mundo a cielo abierto— atraviesa una de las etapas más críticas de su historia: su nivel de producción y ventas ha caído al punto más bajo en 35 años.
Desde que el Gobierno Federal decidió retirar a Mitsubishi y asumir el control total de la compañía, la llamada “nacionalización” no vino acompañada de una estrategia comercial clara ni de un fortalecimiento institucional. El resultado es desolador.
En 2023 se vendieron 5.9 millones de toneladas de sal, pero en 2024 las ventas cayeron a 4.2 millones, y para septiembre de 2025 apenas se habían colocado 3.12 millones de toneladas, es decir, menos del 40% de la meta anual.
Peor aún, más de 3 millones de toneladas de sal permanecen apiladas a cielo abierto, deteriorándose bajo el viento, la lluvia y el sol, algo sin precedentes en 35 años.
Esa acumulación no solo representa pérdidas económicas, sino también un riesgo ambiental. La salmuera y los residuos derivados del proceso se expanden por el entorno natural, afectando al ecosistema del Vizcaíno, una de las regiones más frágiles y valiosas de México. Lo paradójico es que, mientras la empresa acumula toneladas sin salida, el propio director general afirma que existen contratos internacionales por más de 9 millones de toneladas.
Entonces, surge la pregunta que retumbó en el Senado:
¿Por qué la sal no se vende? ¿Qué está fallando? ¿Y por qué no se transparentan los contratos ni la información financiera?
Durante su intervención ante el Pleno del Senado, la legisladora sudcaliforniana —hablando en nombre de las y los trabajadores que sostienen la empresa con su esfuerzo— fue clara y contundente:
“Exportadora de Sal no es una empresa más. Es el corazón de Guerrero Negro y de Isla de Cedros. Más de 1,300 empleos directos y 250 familias en la isla dependen de su éxito. Su quiebra o su abandono sería un golpe devastador para Baja California Sur.”

La senadora solicitó tres medidas concretas al titular de la Secretaría de Energía, presente en el recinto legislativo:
- Un informe público y transparente sobre la situación financiera, contractual y operativa de la empresa, incluyendo el destino de los inventarios acumulados.
- Una reactivación inmediata de las exportaciones, mediante una estrategia diversificada de mercados y precios competitivos con apoyo de la Secretaría de Economía y las embajadas mexicanas.
- Un compromiso formal para proteger a las y los trabajadores salineros, garantizando el diálogo con el sindicato y preservando la paz laboral que históricamente ha caracterizado a la compañía.
En su exposición, la legisladora recordó que la sal del Vizcaíno es reconocida mundialmente por su pureza excepcional. Es materia prima de productos esenciales como desinfectantes, plásticos, papel, medicamentos y sistemas de tratamiento de agua.
Exportadora de Sal colocó a México como líder global en calidad y confiabilidad, especialmente en los mercados japonés y asiático. Hoy, ese prestigio internacional está en riesgo por la ineficiencia administrativa y la falta de visión de largo plazo.
El caso de Exportadora de Sal trasciende lo económico: es una cuestión de soberanía, identidad y justicia regional.
Baja California Sur no puede permitirse perder su joya productiva ni condenar al desempleo a cientos de familias que han mantenido viva la empresa con décadas de trabajo.
Por eso, desde el Senado se hizo un llamado directo al titular de Energía:
“Visite Baja California Sur, recorra la planta de Guerrero Negro y vea con sus propios ojos lo que está ocurriendo. Exportadora de Sal es más que una empresa; es un símbolo del México productivo que no podemos dejar morir.”
Hoy, la salinera más grande del mundo necesita más que discursos: necesita acción, estrategia y respeto por su historia.
Si el gobierno federal no interviene con seriedad, el orgullo de la nación podría convertirse en un monumento al abandono.
Y entonces, la sal de Baja California Sur —la más pura del planeta— podría terminar diluyéndose, como tantas promesas incumplidas, en el mar del olvido burocrático.
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