
La Paz (California) – El colapso literal de una obra pública no suele ser solo un evento estructural, sino también político. El derrumbe parcial de la «Puerta de La Paz», la costosa y cuestionada obra insignia de la alcaldesa Milena Quiroga, ha servido como la metáfora perfecta de una administración que, en la percepción de una ciudadanía harta, se desmorona a pedazos mientras su máxima autoridad está físicamente ausente, enfocada en sus ambiciones personales.
El incidente, ocurrido durante las recientes lluvias, no hizo más que avivar la indignación que los paceños vienen acumulando.
La obra, criticada desde su concepción por su alto costo y su dudosa utilidad frente a necesidades urgentes como el pésimo estado de las calles, mostró su vulnerabilidad. Videos que circularon ampliamente en redes sociales evidenciaron cómo el agua filtró y reblandeció el material, causando que el revestimiento se desprendiera.
Para la gente, esto no fue un accidente fortuito; fue la confirmación visual de sus sospechas: mala calidad de materiales, sobreprecios y una posible corrupción que ahora queda al descubierto.
Pero el agravante político fue aún mayor. Mientras un símbolo de su gobierno se caía a pedazos, la alcaldesa Milena Quiroga no estaba en La Paz.
No estaba coordinando la respuesta a las lluvias ni atendiendo la emergencia. Estaba en Ciudad Constitución, en el municipio de Comondú, participando en un acto de campaña política organizado por el alcalde Roberto Pantoja, con miras a la gubernatura del 2027.
Esta imagen de abandono de sus funciones –que de por sí son percibidas como ineficientes– para dedicarse a una campaña prematura e ilegal (ya que la ley prohibe a servidores públicos hacer campaña), ha sido la gota que derramó el vaso de la paciencia ciudadana.
El intento de control de daños por parte del Director de Gestión Integral de la Ciudad, Carlos Rodríguez Malpica Nava, sonando a excusa prefabricada, argumentó que las filtraciones se debieron al robo de unos paneles solares que afectaron la «impermeabilidad» de la estructura, y que la constructora asumiría los costos bajo la garantía.
Sin embargo, para un público escéptico, esta explicación técnica suena más a un intento de evadir responsabilidad política y de ocultar lo que todos sospechan: una obra mal ejecutada desde el principio.
El Cansancio de una Ciudad
Este evento sintetiza el profundo desencanto de La Paz con su gobierno municipal. Los ciudadanos no solo están cansados de la ineficiencia crónica –calles llenas de baches, servicios públicos deficientes–, sino de la arrogancia de una clase política que prioriza sus ambiciones personales sobre el bienestar colectivo.
El abandono de la alcaldesa para ir a hacer campaña no es un detalle menor; es la esencia del problema. Muestra a una gobernante más interesada en el siguiente puesto que en resolver los problemas del que ostenta actualmente. La «Puerta de La Paz» no era solo un arco, era el monumento a esa ambición. Su derrumbe es el símbolo de un proyecto político que se cae a pedazos, dejando al descubierto las grietas de la mala administración, la priorización de la obra faraónica sobre la útil, y la ausencia de un liderazgo verdadero que enfrente las crisis en lugar de huir de ellas para buscar más poder.
La demanda ciudadana es clara: exigen gobernantes presentes, eficientes y honestos, no aspirantes a un cargo mayor que usan la alcaldía como trampolín y dejan a su ciudad desatendida. El derrumbe de la puerta debe ser una lección: no se puede construir un futuro político sobre cimientos tan podridos.
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aparte de costo y mal hecho está verdaderamente HORRIBLE. no nos representa