Por Domingo Valentín Castro Burgoin**
Las choyas
En nuestra semidesértica media península destacan las plantas cactáceas. Forman, junto al suelo de diversos coloridos y formas pétreas caprichosas, desde la costa a la sierra, un maravilloso paisaje, inigualable y admirado. No me canso de disfrutarlo en cuanto viaje podemos emprender con la familia, de norte a sur, alimentando nuestros apegos y querencias.
Me gustan las choyas, y ciertamente es una característica de nuestro paisaje mayormente por el municipio de Comondú, pero no me sienta bien el término «choyero», que se nos ha venido imponiendo como gentilicio análogo de lo sudcaliforniano; incluso que nosotros mismos, en un acto de repetición, lo hemos venido haciendo común.
Sobre el origen del término «choyero»
Sin hurgar mucho en los orígenes del término «choyero» documentalmente hablando, voy a exponer algunas particularidades que me compartió hace unos días un amigo muy singular, quien se ha destacado como uno de los promotores más afectos a la sudcalifornidad: Juan Ramos Cepeda, paceño, quien en su ya larga vida ocupó diversos cargos estatales y municipales en el rubro cultural y es uno de los difusores más añejos del habla popular sudcaliforniano -concretamente en la narrativa oral- a partir de lo cual ha desarrollado un interesante trabajo, que ha trascendido fronteras de nuestro país, de rescate del lenguaje, costumbres y vida del ranchero sudcaliforniano, del cual desciende y descendemos muchos.
Me surgió la inquietud de buscarle precisión y origen al término «choyero», porque más en la región de Los Cabos y en el Valle de Santo Domingo, seguramente también en la zona de Vizcaíno, se ha venido arraigando esta práctica coloquial de llamarnos así a los que tenemos la característica de ser nativos o muy arraigados ya, en Baja California Sur.
Agrarismo y colonización en el territorio sur
Recordemos previamente que los primeros impulsos a la colonización en el siglo XX en la entidad se dieron en 1937-1938 (el agrarismo sudcaliforniano lo inició en su gobierno territorial el general Juan Domínguez Cota, apunta don Pablo L. Martínez, como «un acto reflejo al Cardenismo») a través de decisiones y estímulos gubernamentales para traer, no solo atraer, a connacionales de la zona de El Bajío, y de los estados que han sido por tradición expulsores de mano de obra hacia el norte del país y el sur de los Estados Unidos de Norteamérica. Fue en los inicios uno de los propósitos de algunos presidentes de la República, que promovieron hacia los entonces territorios norte y sur de la Baja California, y fue así como crecieron poblaciones fundamentalmente a partir de la expansión de campos de cultivo, merced a los inminentes peligros que se avizoraban para la soberanía nacional por la escasa población en ambas entidades. A nivel local la recepción masiva de connacionales se dio con mayor énfasis en el segundo periodo del también general Agustín Olachea Avilés, a quien se le reconoce el impulso al entonces Valle de Santo Domingo, destacando la fundación de colonias agrícolas con sinarquistas como «María Auxiliadora», en Comondú; Los Planes y El Carrizal, en La Paz, entre otros centros agrícolas.
La «cortina de choya» o el «discurso de la choya»
De ahí que platicando con mi viejo amigo don Juan Ramos, le solicité me recordara -a su leal saber y entender, como lo decía otro buen amigo, Alejandro D. Martínez- en qué momento de nuestra historia reciente se comenzó a utilizar el término «choyero» como esa especie de gentilicio local.
Me comentó que esta circunstancia podría haber surgido de la utilización conceptual entre los mismos sudcalifornianos, y recordó que un grupo de estudiantes sudcalifornianos en la ciudad de México, más o menos a mediados del siglo pasado (1950), entre los que se encontraban Fernando Escopinichi, el célebre autor de «Obregón Perla» y el investigador Alberto Arnaut, quienes en reuniones literarias y escritos comenzaron a hablar de «la cortina de choya», como una autocrítica a nuestra forma de ser al reflexionar que no cambiábamos porque nos encontrábamos -literalmente- «tras la cortina de choya», entendiendo por esto que seguíamos en las viejas tradiciones y costumbres, que la modernidad no llegaba, precisamente por ese aislamiento predominante y la lejanía; y que además eran difíciles las comunicaciones y el relacionarnos para abrir nuestra forma de pensar al resto del país y al mundo. En este aspecto se refirió ampliamente el historiador Ignacio del Río, en diversos artículos periodísticos y ensayos como «el discurso de la choya», y para quien desee ahondar en el tema es recomendable la tesis de maestría de Homero Salgado Pérez, de la UABCS.
Don Juan Ramos recuerda con perspicacia el cómo en una ocasión, ambos personajes de nuestro mundo literario local , protagonizaron una discusión seria respecto al asunto. De ahí «la cortina de choya», comenzó a propagarse, lo cual después sería utilizado por propios y extraños que vieron en este concepto una manera de describir cierto conservadurismo de la sociedad sudcaliforniana de aquellos años, cuando comenzó prácticamente el crecimiento por vía de la emigración a estos pueblos, hasta que al cabo de algunos años, los sudcalifornianos nativos llegamos a ser minoría.
Así las cosas, y coincidentes los tiempos con la llegada de contingentes atraídos por el gobierno para colonizar las regiones sudpeninsulares arriba anotadas, como lo fueron las dos etapas de gobierno del general Agustín Olachea (1929-1931; 1946-1956), nuestro amigo recuerda este tipo de pasajes, porque además como servidor público estatal le correspondió atender años después, ya convertido el Territorio en Estado, a varios de estos grupos de connacionales, como fue el caso de poco más de doscientas familias que en los años sesenta del siglo pasado llegaron procedentes de la comunidad de «El Tlahualilo», Durango, y que por el reducido mercado interno y la población local no encontraban fácilmente trabajo, y a los que como una manera de evitar problemas sociales a la otrora extraordinariamente tranquila población, buscaba el gobierno atender y apoyar para el regreso de estos compatriotas a su tierra de origen.
Y efectivamente, como una reacción a las personas que en importantes contingentes llegaron a Baja California Sur, para poblarla en las colonias y posteriores ejidos que se formaron en las regiones señaladas, que a la postre serían población mayoritaria pues por aquellos años nuestra población no rebasaba los cien mil habitantes. Así esta reacción verbal a modo de escarnio fue usada como una defensa de lo local, que rayaba también en ofensa de parte de nuestros sudcalifornianos, y que consistió en imponerles el estigma de «tlahualilas» o «tagualilas» como un mecanismo de rechazo, crítica y hasta burla; en estos tiempos diríamos, de «bulling».
Tlahualila, tagualila, chúntaros o cuchiviriachis
Luego entonces, la palabra «tlahualila» o «tagualila», «chúntaros» o «cuchiviriachis» fue un mecanismo de rechazo verbal local a los connacionales que llegaron aquí con costumbres, forma de hablar, manifestaciones, gastronomía, vestido, calzado y formas de sobrevivencia, muy distintos a los nuestros, especialmente a nuestros rancheros, de las villas y de las pequeñas y escasas ciudades existentes.
Principalmente en La Paz, San José y Cabo San Lucas, las entonces Villa Constitución e Insurgentes, después modificadas con la denominación de «ciudad», el mentar en forma ofensiva como «tlahualilas» o «tagualilas se hizo parte del lenguaje popular -especialmente de niños y jóvenes- para referirse a los connacionales «de fuera», es decir, no locales, que llegaron buscando trabajo o lugar para vivir, desde luego, mejores que en sus lugares de origen. Particularmente en San José del Cabo, Cabo San Lucas y las delegaciones y subdelegaciones existentes por aquellos años, otras denominaciones a los «venidos de fuera» fueron las de «cuchiviriachis» y «chúntaros», tanto por su forma de hablar y porque en su mayoría, hombres llegados a trabajar al campo o los desmontes, siempre portaban un singular cuchillo o machete, que en muchas ocasiones llegaron a utilizar en pleitos de cantina o de calle, con lamentables consecuencias.
Evidentemente, ni «tardos ni perezosos», los compatriotas aludidos con tales términos buscaron como defenderse verbalmente, y lo más cercano que encontraron fueron el derivarnos una denominación a partir de las hartamente conocidas «choyas».
Sudcalifornianos somos todos
Podremos coincidir que esto ya es historia y en que dichos apelativos tuvieron su auge en el intercambio verbal y la fusión demográfica entre nativos y recién llegados a Baja California Sur, de 1950 a 1990, tal vez, pues a partir de esta década la población local fue superada por el elevado crecimiento poblacional debido al desarrollo económico de Cabo San Lucas y San José del Cabo, por el fortalecimiento del turismo y los servicios como motor de la economía regional.
De aquel año (1990) a la fecha, son muy pocos los que utilizan estas expresiones para señalar a los miles de personas que han llegado a Baja California Sur a «hacer Patria», a trabajar y a fundirse con la población nativa o muy arraigada buscando y generando oportunidades e igualdad de condiciones. Si bien es cierto el predominio en población absoluta de connacionales de distintas entidades federativas entre las que destacan Sinaloa, Ciudad de México, Michoacán, Oaxaca, Jalisco, Sonora, Estado de México y Durango, ha borrado en poco tiempo el uso de estos apelativos, por la utilización del verdadero y correcto origen de los conciudadanos; contrariamente a este proceso, lo «choyero» se nos ha venido quedando, y en este sentido, el propósito de esta reflexión es para darle el peso específicamente merecido a nuestro gentilicio como sudcalifornianos, que constitucional e históricamente debemos manejar en nuestro lenguaje y vida cotidiana.
Independientemente de que pueda ser tomado desde broma a ofensa, aquellos tiempos ya pasaron. Reconozcamos que ha venido tomando «carta de naturalización» el término «choyero» para referirse a quienes aquí nacimos o por lo menos tienen más de una generación anterior como ascendientes; por ello y lo aquí reseñado me parece que debemos evitar el referirnos, no solo a nosotros mismos -los procedentes de las familias tradicionales- sino también a los nuevos sudcalifornianos, con el apodo de «choyeros», habida cuenta de que en términos de nuestras leyes somos y son sudcalifornianos, los que nacen en la entidad o acreditan una residencia mínima de tres años, independientemente de nuestro lugar de nacimiento.
Sobre el nombre California
Bien vale, entonces, que prevalezca el común denominador de «sudcalifornianos» para todos, lo que abona a la defensa y preservación del concepto y término «California» del cual por ser los primeros en tiempo, nuestra región -me refiero a Baja California y Baja California Sur- e históricamente «Las Californias», tiene ese derecho y honor a la vez; así, y si queremos ser más exigentes en ese derecho histórico, concretamente en la parte austral (sur) de Baja California Sur, aquí en el municipio de Los Cabos detentamos este honor de ser ancestralmente por casi cinco siglos, los depositarios de que el término «California» se le haya adjudicado por navegantes y exploradores, principalmente españoles, a un punto geográfico tan nuestro, muy cercano -o incluso- a Cabo San Lucas, (Cabo California) como se demuestra en mapas y documentos históricos del siglo XVI, magistralmente investigados y referenciados en el más reciente libro «Sobre el nombre California» del talentoso amigo investigador, historiador, geólogo y espeleólogo, el distinguido ensenadense, Carlos Lazcano Sahagún.
Finalmente, en el origen del nombre California, va implícito nuestro orgullo sudcaliforniano, expresión que forma un verso sobresaliente de nuestro himno oficial del Estado.
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*Publicado originalmente en Tribuna de Los Cabos.
**Presidente de Escritores Sudcalifornianos, A. C. y autor de la letra del Himno Oficial del Estado de Baja California Sur.
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Soy orgullosamente choyero, así como los de la Paz deben estarlo por ser Patas Saladas, apodo qe se les está olvidando
no todo son sudcalifornianos…..la mayoria son tahualilas chuntaros TODOS ELLOS SON FUEREÑOS, no digamos de otros apodos como shinolas maruchaneros, chilangos poco baño, oaxacos…etc…..TODOS ELLOS DEBERIAN DE DEPORTARLOS A SUS TIERRAS A MATARSE EL HAMBRE NO HA VENIR APROPIARSE LO QUE LE CORRESPONDE POR DERECHO A UN NATIVO SUDCALIFORNIANO. OFRESCANLE BOLETO GRATIS Y SUBANLOS AL FERRY….FAVOR QUE HARAN A SUNDCALIFORNIA EN DEPORTAR A ESTOS GEDIONDOS FUEREÑOS MALAS MAÑAS COMEN CUANDO HAY. ….EHH…DICHO. salud.
¿Y qué tiene de malo el término choyero? Los nacidos aquí y los que llevamos casi toda nuestra vida aquí nos referimos a nosotros mismos como choyeros con mucho orgullo. No he conocido a nadie que se ofenda por eso.
Por otro lado, es falso eso de que ya no se usa el ofender a otros llamándolo tahualila, como si fuera sinónimo de delincuente, o los foráneos acusando a los choyeros de huevones y conchudos. Debería darse una vuelta por los grupos de Facebook más seguido para que vea cómo está la situación.
la verdad que esos grupos del facebuk nomas son muy chafas ponen a un viejo tawalila jalisquillo, poner recetas que cuaquier cocinero malo las pone, que puedes aprender de eso wily milano?
Muy interesante y bien sustentado lo que aquí escribes, Valentín,
Realmente, como no nacido en Baja California Sur, pero llegado acá desde hace 45 años al Valle de Santo Domingo, me ha tocado vivir y conocer en carne propia lo que es ser llamado «Tagualila» por los naturales de este querido Estado.
No es en modo de queja esta opinión que aquí vierto. Creo que naturalmente el aislamiento tradicional de B.C.S. propició que el tiempo pareciera detenido y las cosas no evolucionaran al ritmo del resto de la República. Es pues, comprensible la resistencia al cambio, y uno de los mas profundos fue la llegada de tantos y tantos mexicanos a esta media península. Y ya no quedan tantas personas, afortunadamente, que utilicen estos vocablos de suyo racistas y discriminativos. Los he escuchado con suma preocupación de parte de profesores, mayormente los originarios del sur del Estado. Hace algunos años escuche al Director de una primaria de este Valle de Santo Domingo, nativo de Miraflores, referirse a un niño oaxaqueño como «pinche oaxaco» al llamarle la atención por una travesura. Tuve a bien decirle que era peyorativo el calificativo, y poco digno de quien dice llamarse «maestro». Le recorde de la riqueza cultural de Oaxaca y, sobre todo, del respeto que debía merecerle un niño bilingue, fortaleza nada despreciable.
Mexicanos somos todos, y he conocido a sudcalifornianos maravillosos, y tengo el honor de que me llamen su amigo. No cambiaria a este Estado por ningun otro, y he tratado, despues de 45 años de mi llegada a el, de aportar lo mejor de mi persona,
Por ultimo, el Himno de autoria solo menciona las poblaciones tradicionales, y no tuvimos la fortuna de algunos versos que hablaran del surgimiento de este Valle comundeño y sudcaliforniano.
Mi admiracion y respeto para ti,