ABCdario


Por Víctor Octavio García

¿Atentado?

En 2003, el mes y día no lo recuerdo, tuve la sospecha de que había sido objeto de una agresión o un atentado perpetrado a través de uno de mis hijos; en ese tiempo mi hijo mayor se desempeñaba como Agente del Ministerio Público en Ciudad Constitución después de haber cumplido la misma responsabilidad en la zona de pacífico norte; una noche lo golpearon mandándolo al hospital, me enteré hasta otro día de lo que había pasado en el programa del mediodía que se trasmitía por el canal 10; le hablé a Carlos (Güero) mi hijo, y le comenté lo que había sucedido, y con la misma arrancamos para el valle de Santo Domingo; Genaro Canet Yee estaba de procurador general de justicia en el estado con quien tenía –y mantengo– una sólida amistad de muchos años; excelente persona; lo conocí en la década los 80’s siendo abogado de don Luis Cóppola Joffroy, persona de mucha confianza y aprecio de don Luis, le hablé por teléfono para pedirle información de los hechos, me dijo que desde esa noche estaban investigando, que había mandado una partida de agentes judiciales para que tomaran evidencia de lo ocurrido, que el caso se iba a esclarecer.

En ese entonces vivía una fuerte confrontación con el gobernador Leonel Cota Montaño, una tras otra le dedicaba mis agrios editoriales, mientras Rodimiro Amaya, el siniestro personaje de esta triste historia hacía “trabajo sucio” a través de su esbirro Gerardo Zuñiga Pacheco en el diario El Peninsular, donde me señalaban de corrupto y de haber desviado millones de pesos de la Secretaria de Salud, así que en la medida que iba descubriendo la madeja criminal tejida por Rodimiro Amaya, Alfredo Porras, Daniel Roldan y Miguel Ángel Ojeda, subían los decibles de ABCdario en contra del gobernador; nunca sospeche de Leonel –como una vez se lo confié– pero si de sus lamehuevos y voraces colaboradores que querían la chamba que me había confiado como director de administración de la Secretaria de Salud, pensaban que había mucho dinero y sobre todo en los jugosos negocios que harían a la sombra del poder; al final se salieron con la suya porque renuncié por mi propio pie, a mí nadie me renunció, después de haberle presentado al gobernador mi renuncia en tres ocasiones; fue allí donde se dio el rompimiento; años después investigando aquí y allá concluí que no había sido un atentando, sino ¡Petardos!

Nunca se aclaró nada, como nunca se aclararon otras denunciados por casos similares interpuestas ante la PGJE, así que lo ocurrido la semana pasada con el cristal quebrado del carro de mi hijo menor, parsiminiosamente exclamé ¡Ah, pero si son petardos!, sí, petardos con mensajes codificados donde “habla el silencio”; claro, ABCdario tiene otra forma de definirlo; “las poderosas fuerzas que obran en silencio”; ¡cobardes!

Lo que ocurrió la semana pasada no tengo pruebas de nada más que el vidrio quebrado del carro de mi hijo menor, así que no puedo culpar a nadie ni tampoco tengo porque hacerlo, aunque sí el derecho inalienable a sospechar de aquellos (políticos) que buscan que les proteste mis lealtades a cambio de nada; la vieja estrategia de la zanahoria y el garrote la aprendí hace muchos años instruyéndome en literatura anti yanqui en “Como leer al Pato Donald” y en los amenos monos (caricaturas) de Fontanarrosa, creador de “Boggie el Aceitoso”, bajo el distensionado estribillo; ¡Ah, pero si son petardos!, como alguna vez exclamó Manuel Buendía ante un grupo de angustiados e indefensos estudiantes en la universidad nacional de Nicaragua. ¡Échense ese trompo a la uña?

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a victoroctavioBCS@hotmail.com


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