ABCdario


Por Víctor Octavio García

Maestra Insigne

* La Pichucha

La primera impresión que recibí de la educación rural que se impartía en el entonces territorio de Baja California Sur, fue el de una maestra entregada a su ministerio, de una abnegada y genuina misionera de la educación llamada Jesús F. Castro Ruiz, mejor conocida como “Pichucha”; de la generación del Jesús “Chucho” Castro, Arturo Guerrero, “Chagua” Manríquez, Amelia Wilkes y otros maestros y maestras forjadores de generaciones.

En 1964 ingrese a primer año de primaria, en ese entonces había dos turnos, en la mañana y en la tarde, y se cumplía al pie de la letra con el calendario escolar; los profesores de aquella época nunca conocieron “permisos económicos” o dejaron de dar clases para ir a juntas del sindicato o paros de labores; había responsabilidad, entrega, compromiso y rigor en la tarea educativa, lo que permitió que desde el primer año aprendiéramos a leer (deletrear), hacer las cuatro operaciones básicas de aritmética; sumar, restar, dividir y multiplicar sin mayor problema; la historia de los fenicios y de Don Quijote de la Mancha de don Miguel Cervantes de Saavedra las conocería en secundaria.

Viví una infancia feliz, con limitaciones pero con grandes satisfacciones; desde ir a “surrapear” cuando salían los casos de la molienda a la una de la tarde, hasta robar elotes en los noches serenadas de diciembre, y asarlos en la “lumbrada” comiendo panochas cubanas, higos pasados y en ocasiones pedazos de tortilla de harina dura; con eso éramos felices; a la escuela y a la “Pichucha” le teníamos mucho respeto, nunca faltábamos nomas porque sí; todos los días nos daban desayunos escolares que consistían en frijoles sancochados, tortillas de harina y un vaso de choco milk que para nosotros era lo máximo; Antonia “Toña” Castro era la cocinera cuyos alimentos eran preparados en una cocina con horcones de palo zorrillo y techo de palma que se encontraban en el mismo solar de la escuela, a un lado de un pozo de agua y de una pila que era abastecida con una bomba de agua manual y con rondanillas; en la mañana, todos los días, nos daban comisiones; unos barrer el solar e incluido los salones y corredores de la escuela, regar con baldes los cirguelos colorados y amarillos que había alrededor del cerco de la escuela, no menos de cincuenta y, a media mañana, traerle el “chivo” a la “Pichucha” de su casa, que era lonche atisbado en una “lonchera” de tres compartimientos.

Nos peleábamos para ir por el “chivo” –así le decía la “Pichucha”– porque lo que dejaba era para los que íbamos por el “chivo”–; creo que era la tarea o misión más disputada, fuera de allí todo el terreno era plano; la escuela que todavía existe, llamada Estado de Tabasco, tiene cuatro salones grandes y dos pequeños, con tres corredores enfrente y dos a los lados con techo de palma al igual que la escuela, y en la parte trasera un teatro o pequeña cancha donde se realizaban los honores a la bandera y los bailes del pueblito; en dos de los salones estábamos los alumnos de primero, segundo y tercer año que eran asistidos por la “Pichucha”, no había más maestra o maestro que ella; la construcción que data de hace más de setenta años se asemeja a los cascos de las haciendas cafetaleras del sureste del país, dentro del interior de la construcción, en medio de los seis salones, un pequeño patio.

Recuerdo vagamente donde se encontraba la primera escuela del pueblito (ruinas) hecha de chiname de vara trabada de palo blanco con techo de palma y horcones de palo zorrillo, ubicada a un lado de un frondoso cirguelo amarillo regado por la sequía del agua que regaba las huertas; en esa escuela de chiname mi abuela recibió su primera instrucción escolar de la “Pichucha” en los años 20’s, en los años 40’s mi papá, y un servidor en los años 60’s, en la escuela que describo construida con ladrillo y cemento, que vino a complementar que tres generaciones recibiéramos la primera instrucción escolar de la maestra Jesús F. Castro Ruiz, mejor conocida como “Pichucha”.

De estatura pequeña, siempre vestía conjuntos de dos piezas de los años 40’, usaba zapatillas puntiagudas y tacones altos que daban la impresión de tener las puntas y el tacón de clavo, se “polveaba” y pintaba mucho, la boca de un rojo carmesí, de suerte que la cuchara con la que comía siempre la dejaba pintada, hecho que nos provocada mucho coraje a los que íbamos por el “chivo” porque con esa misma cuchara comíamos; perteneciente a una familia “pudiente” de Caduaño que contaban con ganado y huertas, posesora de un enorme y noble corazón que se entregó al magisterio a largo de más de cincuenta años; recuerdo una anécdota de comienzos de los 70’s; tenía poco años que se había construido la carretera transpeninsular y varios pueblitos habían quedado lejos de la carretera, fue así como el gobierno del Ing. Félix Agramont Cota se dio a la tarea de construir ramales para conectar esos pueblos con la carretera transpeninsular, en ese entonces se construyeron los ramales de Santiago y Miraflores quedando Caduaño fuera de esa promoción, de suerte que la demanda más sentida y reiterada era la construcción del ramal; el Ing. Agramont realizó una gira de trabajo por Caduaño y la demanda más sentida que le plantearon fue la construcción del ramal; la “Pichucha” que se encontraba en el presídium, a un lado del gobernador, una vez leída la demanda tomó la palabra y le pide al gobernador, le clama diciéndole, “señor gobernador, por favor urge que nos meta el ramal, es lo que más aqueremos; metanos el ramal de una vez”; el gobernador apenado solo asistió con la cabeza en medio de la risa de los presentes y le contesta a la maestra, “claro profesora, vamos a construir el ramal lo más pronto que se pueda”, y la “Pichucha” con un dejo de ingenuidad le responde, “lo que queremos señor gobernador, es que nos meta el ramal”, las carcajadas de los presentes no se hicieron esperar.

La “Pichucha” muere en 1985, en la clínica del ISSSTE, casi abandonada; me avisan sin estar enterado de que estaba internada; cuando la veo me da mucha tristeza ver en las condiciones en qué muere; después de su jubilación dependió de una magra pensión sin más nada que eso; todavía, a 34 años de su muerte seguimos teniendo una gran deuda con ella; creo que en las próximas semanas, según me ha confiado Ricardo “Caidito” Marrón, le harán un homenaje en Caduaño, donde develarán algunas fotos de ella y leerán parte de su prolífico historial legado y entregado a la educación, a forjar generaciones de sudcalifornianos de bien. ¡Enhorabuena!

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a victoroctaviobcs@hotmail.com


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