ABCdario


Por Víctor Octavio García

¡Qué tiempos aquellos!

* Robadores de leche

Imaginarse ¿cómo le hacían nuestros antepasados para sobrevivir hace 80 años, de qué medios o recursos se valían para medio comer y cómo se las arreglaban para asegurar su propia supervivencia en un medio tan hostil como el nuestro; sin fuentes de trabajo, sin circulante (dinero), esperanzados a los “cortecitos” –trabajos eventuales– que rara vez les “caían” ya sea de pillar (campear) alguna res, regar huertas, garrotear frijol, cortar leña, remendar cercos o esperar la época de la molienda, más allá de eso no había nada; sin medios de comunicación en rancherías apartadas unas de otras, cuyos medios de transporte era a pata (pie) o a lomo de bestia?

Me platicaba mi papá (QEP) que en los años cuarenta, después de una larga y apocalíptica sequía que duró siete años sin caer una gota de agua, la situación era desesperante; pocas huertas sobrevivieron, murió mucho ganado, casi en su totalidad y mucha gente emigró al territorio de BC; las familias “pudientes” de Caduaño como los Marrón, Castro y Ojeda que tenían ganado y huertas e incluso trapiches para moler caña, sortearon en mejores condiciones los “malos tiempos” a base de trueques intercambiando productos entre unos y otros, ¡pero los que no tenían nada, que era la gran mayoría, sufrieron las de Caín!

Las nuevas generaciones desconocen estos terribles pasajes –casi bíblicos– que vivieron nuestros padres, abuelos y bisabuelos para hacer posible el proyecto de vida y los estándares de bienestar que hoy disfrutamos; nada ha sido fácil, nada ha sido gratis; los Castros, una de las familias “pudientes” –en aquel tiempo se consideraban ricas porque tenían huertas y ganado– no obstante su “nivel” social se alimentaban mal; desayunaban, comían y cenaban fríjol con arroz o arroz con fríjol que en ocasiones intercalaban con sopa fresca (hecha en casa), rara vez mataban alguna gallina o guajo, mucho menos un borrego o una res aun teniéndolos.

Los Castro tenían algo de ganado, no mucho; borregos, gallinas, guajos e incluso pavo reales; frente de su casa, estilo colonial de altos caballetes, gruesas paredes de adobes (ladrillo), puertas y ventas grandes de madera de chino, tenían los corrales donde todas las mañanas, en cuanto “clareaba”, ordeñaban; en ocasiones les echaban el “pial” a vacas ordeñadas (¿); había una pareja, ya grande conformada por don Ernesto Ruiz de La Peña, oriundo de San Antonio y su esposa, María Teresa “Quina” Lucero Monges, natural de Caduaño, que todos los días, antes de que se levantaran los rancheros ordeñar; amamantaban los becerros para robarse la leche (seguramente era el único alimento que se llevaban a sus hambrientas bocas durante el día).

A las cuatro o cinco de la mañana, todavía de noche, ya andaban en los corrales amamantado los becerros para ordeñar, en lo oscuro no importaba si el becerro que le pegaban a la vaca era o no de la vaca, lo que importaba es que le pegaran topes a la ubre para que bajaran la leche, y así como ellos –Ernesto Ruiz y María Teresa “Quina” Lucero–, había otros que también robaban leche como José Amador, mejor conocido como José “Cuervo”, por su fuerte y asentado color de piel; una madrugada, andaban el corral la pareja de viejitos, –Ernesto Ruiz y María Teresa “Quina” Lucero–, ordeñando las vacas para robarse la leche y en la oscuridad no se dieron cuenta Jose Amador, el “Cuervo” andaba en lo mismo; “María Teresa, la “Quina” se sentó en un banco de corcho para disponerse a ordeñar agarrándole un dedo a José Amador, el “Cuervo” y le dice en medio de una “boruca” casi inaudible a Ernesto Ruiz, su esposo y cómplice en la ordeña, “puta madre, qué dura tiene las tetas esta pinche vaca”; sin darse cuenta que en la oscura noche no le había agarrado la teta a la vaca sino un dedo de José Amador, el “Cuervo”.

Los Castro sabían que le robaban la leche pero no le daban mayor importancia, también conocían la necesidad de la gente y sabían por qué lo hacían, curiosamente Ernesto Ruiz de la Peña, el esposo de María Teresa “Quina” Lucero, era hermano de doña Enedina “Nina” Ruiz, la matriarca de los Castro, familia de buenos sentimientos y buen corazón: A Ernesto Ruiz de la Peña no lo conocí, de su esposa María Teresa “Quina” Lucero guardó un ligero recuerdo, así como de Enedina “Niña” Ruiz, que murieron entre 1962-1963, estando yo muy chico; ambas –Enedina “Nina” Ruiz y María Teresa “Quina” Lucero–, murieron de edad avanzada, de más de 95 años de edad. ¡Qué tiempos aquellos!

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com


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