Por Víctor Octavio García
¿Qué tiempos aquellos!
Las tuzas y Leonel
Recién había ingresado a primer año de primaria, y mi única preocupación era jugar; un buen día, camino a casa de mi abuela Chayo Verduzco, me topé con Leonel Castro Ruiz (QEPD), poseedor de un violín Stradivarius que tocaba magistralmente, y me dijo, oyes Víctor, no quieres echarte un ”corte”; ayúdame a “trampear” tuzas en la “huertita”, cada tuza que agarres te la pagare a “tostón”; frente a su casa tenía una “huertita” –más bien un “retazo” de huerta– que no medía más allá de cincuenta metros de ancho por 100 metros de largo, donde sembraba camotes y calabazas (en un extremo de la “huertita” había dos piletas de piedra donde, a finales de 1800 y principios de 1900, hacían jabón que se utilizaba en la lavada de ropa, en el baño personal e incluso en el lavado de dientes), sobre la sequía por donde corría el agua árboles frutales como toronjos, mangos, limones, tamarindos, guayabos, ciruelos, zapotes, aguacates, plátanos y granados, entre otros; estaba cercado con “barañas” secas de vinoramas apiladas que con el tiempo se cubrió con enredaderas de san migueles y chicuras formando un montoso y espeso cerco, verbigracia como los cercos de los corrales de la tribu massai, en África; la huerta era regada por un ojo de agua exclusivamente para la “huertita”, uno de los dos ojos de agua que rodeaban la casa de los Castro, donde vivían sus hermanos y hermanas; una casa estilo colonial, de techo alto de palma y caballetes de vigas de palma, puertas toscas de madera de chino y gruesas paredes con un espesor de casi cuarenta centímetros de adobe; pertenecía a una de las familias “pudientes” de Caduaño, los Castro, no porque hayan tenido dinero sino porque tenían una huerta grande, ganado, borregos, guajolotes y gallinas que, comparados con el “peladaje” como nosotros que no teníamos en qué “caí” muertos, eran ricos.













